Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, «el consumo textil en Europa tuvo de media el cuarto mayor impacto en el medio ambiente y el cambio climático». Todos tenemos que replantearnos cómo utilizamos los textiles. Hacer y remendar ofrece una alternativa a la cultura dominante de usar y tirar. Aprender a hacer labores es mucho más que un pasatiempo agradable: nos proporciona una conexión más profunda con las cosas que poseemos y fomenta un consumo y un cuidado más responsables.
Crear vínculos más profundos con nuestras prendas
Hacer algo a mano lleva mucho tiempo. Cuando invertimos tiempo en hacer un objeto, creamos una conexión emocional única con la pieza acabada. Cuando alguien teje un jersey, borda un puño o teje a ganchillo un cojín, la pieza acabada se convierte en algo más que otra cosa. Está impregnado de la personalidad, la creatividad y la habilidad de su creador.
Estos objetos hechos a mano se convierten en una extensión de nosotros mismos, los atesoramos y los utilizamos durante más tiempo. Algunos incluso se convierten en reliquias que pasan de generación en generación. Su significado aumenta a medida que pasan de mano en mano, lo que se traduce en menos residuos.
Estudios de psicología del consumo sugieren que somos menos propensos a desechar cosas con las que nos sentimos emocionalmente unidos. Las prendas artesanales, con sus imperfecciones y peculiaridades únicas, contrastan con la ropa producida en serie.


Expresar la individualidad
Los artículos hechos a mano son, por naturaleza, totalmente personales y únicos, lo que los hace más agradables de usar y llevar. Los tejedores y ganchilleros están encantados de tener la oportunidad de decir «¡lo he hecho yo!» y es poco probable que veas a alguien con el mismo jersey si lo has hecho tú mismo. Este placer también significa que los artículos hechos a mano tienen más probabilidades de durar más.
Adquirir competencias aumenta el aprecio
Al aprender las técnicas necesarias para hacer cosas, desarrollamos un mayor respeto por los materiales y la mano de obra que intervienen en su fabricación. Es más probable que cuides la ropa con más esmero, aumentando su vida útil. Fomenta un consumo más reflexivo y un menor despilfarro de todo. Incluso la procedencia y la durabilidad de las materias primas adquieren más importancia.
El zurcido experimenta un resurgimiento
Cada vez se aprecia más el zurcido. Ya no se ve como algo que se hace porque uno no puede permitirse sustituir una prenda, sino que el zurcido, el remiendo y la reparación celebran el desgaste y la historia de la ropa. La reparación visible se está convirtiendo en un movimiento cultural y un testimonio del cuidado y el ingenio. Remendar cultiva la atención y la intencionalidad. Al detenernos a reparar una prenda, reflexionamos sobre su valor y los recursos que representa. Esta mentalidad fomenta cambios más amplios en el consumo, reduciendo la demanda de nuevos productos y conservando recursos preciosos como el agua, la energía y las materias primas.
En resumen, adquirir destreza con las agujas y utilizarlas para confeccionar y remendar tu ropa es un acto de amor al medio ambiente. Es una forma de ser más conscientes de los valiosos recursos que utilizamos.